Orquestas, teatros, estatuas. Postales para el fin de año (Clarín, 23/12/16)

Federico Monjeau

Luego de deambular por auditorios inadecuados o por la Bolsa de Comercio, la Sinfónica habría encontrado su morada en el CCK, aunque las cosas no siempre son lo que parecen. La Sinfónica tiene efectivamente su sala principal en la Ballena Azul, pero su sede administrativa todavía funciona en un sucucho del piso 11 del Teatro Cervantes. Hernán Lombardi todavía no le ha cedido una oficina en los 110 mil metros cuadrados del Palacio de Correo; da la impresión de que el CCK a la Sinfónica el Auditorio se lo presta, sin querer oficializar la relación. Me pregunto si el titular del orwellianamente denominado Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos sabrá lo que significa una clásica y vulgar orquesta sinfónica en términos materiales y simbólicos.

La Sinfónica, la única Orquesta profesional del mundo en dar todos sus conciertos gratuitos (otra excentricidad argentina), continúa siendo de algún modo una orquesta Clase B, si no en el mundo de las jerarquías artísticas, sí en el de las jerarquías institucionales. La orquesta Clase A vendría a ser la Filarmónica de Buenos Aires, que cobra casi todos sus conciertos y tiene sede y oficinas en el Teatro Colón. Acaso la orquesta Clase A se haya terminado aburguesando más de la cuenta. Abrirá el abono 2017 con Carmina Burana, por ejemplo. Que un abono sinfónico abra en el Colón con esa remanida obra de Orff es deprimente (la programación esa misma noche de Pachamama y Nuke Maipú de Esteban Benzecry no basta para revertir el simbolismo). Así son las cosas en la era Arturo Diemecke, un director técnicamente competente, populista y conservador al mismo tiempo. Si no fuera por las experiencias más radicales a que de tanto en tanto la somete el Abono Contemporáneo, la Filarmónica sería la retaguardia musical por excelencia en el Colón.

El Colón tiene sus focos de vanguardia y tiene también sus pozos de misterio. El día que el ballet del Colón hacía Giselle con música grabada en el Anfiteatro del Parque Centenario (según juzgó mi colega Laura Falcoff en este diario, no era el contexto más apropiado), Cacho Castaña cantaba en el Colón con músicos del Teatro en compañía de Gladys “La Bomba” Tucumana, Valeria Lynch y otros. Al otro día me crucé por la calle con un amigo de la oficina de prensa del Teatro y le pregunté quién había organizado ese programa. Me dijo: “No tengo la menor idea”. Estos conciertos un tanto misteriosos son cada vez más frecuentes.

La Asociación de Críticos Musicales de la Argentina (que no integro) emitió un comunicado que comparto parcialmente. El tema es complicado. Transformar el Teatro en un salón de usos múltiples que se alquile al mejor postor, como denuncia la Asociación, es por cierto indefendible. Pero la pretensión de la Asociación que la actividad del Colón se limite a conciertos de música clásica, ópera y ballet es a esta altura insostenible. No veo nada de malo en que Al Pacino o Depardieu hagan su show en el Colón. No es fácil establecer una regla genérica universal, o un piso artístico, o una condición acústica, como podría ser el uso de parlantes. A pesar de lo que dice el comunicado de Asociación, la idea de que los parlantes arruinan la acústica del Teatro es muy endeble. ¡Qué son los parlantes de Babasónicos al lado de un fortísimo de Mahler!

Pero algo es necesario resguardar. El Colón no debería deshacer su aura. Ante la imposibilidad de establecer una condición sine qua non, debería poder confiarse en un debate franco y en el sentido común. Pero tanto el Gobierno de la Ciudad como la dirección del Colón no se han pronunciado oficialmente sobre este punto. En cuanto al sentido común, el incomprensible nombramiento de Angel Mahler como Ministro de Cultura lo dice todo. A veces da la sensación de que ciertas áreas de Cultura están recorridas por una corriente fría, aletargada, como también por un mal gusto inexplicable. Es como esas esculturas que un buen día empezaron a aparecer por la Avenida Corrientes. ¿A quién se le ocurrió? ¿Por qué? ¿Con qué derecho? Dan vergüenza ajena y exhalan un aire de tristeza indescriptible. De todos modos, muy felices fiestas.

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