Cuatro caminos hacia sonidos extraordinarios (revista La Nación 18-12-2016)

Se formaron con grandes maestros, conocieron el mundo y ahora integran la Orquesta Sinfónica Nacional. Cómo lo lograron y por qué eligen tocar en el país

Por: Juan Cruz Sánchez Mariño

Foto: LA NACION / Martín Lucesole

Foto: LA NACION / Martín Lucesole

Para José Alberto Araujo fue un cassette en una tarde de aburrimiento. Una explosión en su cabeza a los nueve años. Estaba solo en su cuarto escuchando música. Alrededor, Tandil y sus sierras. El stop en el grabador marcó el inicio de una era. Las canciones melódicas y los lentos que escuchaba ya no lo saciaban. Se puso a revolver y encontró una bolsa de residuos escondida (o más bien, bien guardada) en el fondo del ropero de su padre melómano y matemático. ¿El tesoro? Una colección de cassettes, con uno en particular que revolucionó su cabeza. Lo escuchó una, dos y hasta quince veces. “Primero sentí un órgano. Me impactó totalmente. Después pasaron los primeros segundos y no lo podía creer. Me di cuenta enseguida de que quería ser músico”. La Tocata y fuga de Bach tocó tanto sus fibras que cuando su mamá volvió del almacén con sus hermanos, José le reprochó enojado: “¿Cómo pudiste esconderme algo así?”. Al año siguiente entró en el conservatorio.

Lo de Xavier Inchausti (26) fue parecido y distinto. El contexto de un padre músico (solista de corno, tanguero, jazzista, afinador de piano, pianista y organista, entre otros) lo acercó tanto a su vocación, que su primera nave espacial era la herramienta de trabajo del jefe de familia: un órgano. Al principio jugaba con sus palancas, hasta que a los siete se transformó en su primer instrumento. Su casa era un desfile de músicos. Los amigos trompetistas que los visitaban pedían siempre escuchar las colecciones de Anton Bruckner. “¡Por los bronces! La cuerda era una cosa como que no importaba mucho”, remarca. A pesar de tocar el piano, Xavier -¡nunca Javier!-, ya escuchaba con predilección grabaciones de violinistas y de orquesta de cámara (viento y cuerdas). “Hasta que un día me di cuenta de que estaba buscando otro tipo de sonoridad…” Su madurez precoz se advierte en esa introspección. Tenía nueve años cuando empezó con el violín.

Marcelo Balat (33) viajaba mil kilómetros para tomar una clase de piano. A veces dos mil, cuando iba a Buenos Aires y volvía a su casa en el mismo día, a Cruz del Eje, ciudad al noroeste de Córdoba. Sus padres eran profesores de música y su hermano mayor ya practicaba piano cuando él todavía tenía cinco. “Eso me llamó la atención -se da cuenta-. Me metía atrás de él y miraba todo lo que hacía. Después, copiaba todos sus movimientos. Así habré estado un tiempo hasta que me puse a leer pentagramas”. Esa misma capacidad para retener información se ordenó cuando su madre comenzó a darle clases oficialmente, a los siete. Duró un año. A los ocho cortó el cordón umbilical e ingresó en el conservatorio provincial, con la edad mínima de admisión. Los viajes y los kilómetros recorridos serían apenas una aproximación a su vida.

Xavier fue a estudiar a Viena cuando tenía 16. Fue un año bueno en lo musical, pero no terminó de adaptarse a la cultura
Xavier fue a estudiar a Viena cuando tenía 16. Fue un año bueno en lo musical, pero no terminó de adaptarse a la cultura. Foto: Martín Lucesole

Amalia Pérez (28) es de familia de músicos: papá pianista y madre guitarrista; a los seis ya tocaba el piano sabiendo que su instrumento era otro, la flauta. A los nueve migró al viento y empezó sus estudios formales. “No sé por qué, pero siempre supe que era mi instrumento.” Amalia no tuvo la necesidad de dar las materias libres: hizo el colegio paralelamente al conservatorio Manuel de Falla. Una vez que tuvo sus títulos, viajó en busca de un profesor suizo que conocía y admiraba. El prestigioso Felix Renggli marcaría su rumbo. A los 19 llegó a Suiza, aprobó el examen de admisión y empezó una nueva vida en la cosmopolita Basilea.

Ya están todos adentro del Centro Cultural Kirchner. Los cuatro son miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional. Acaban de terminar el ensayo de la mañana. Xavier, violinista; Amalia, flautista; José, chelista, y Marcelo, pianista. Subimos a la sala central del segundo piso para tener la charla. La acúsitica de la Ballena Azul solemniza nuestras palabras. Antes de prender el grabador, Xavier cuenta que estamos en el año de Alberto Ginastera, como si fuera el horóscopo de los músicos. “Celebramos los cien años de su nacimiento. Alberto es nuestro Cortázar, nuestro Jorge Luís Borges.” La aclaración es pertinente.

Estilo Whiplash

Mientras estudiaba en el conservatorio provincial Luis Gianneo, Marcelo empezó a participar de concursos para niños y jóvenes. Así conoció a Pía Sebastiani, quien sería su profesora. “Una mujer súper encantadora, falleció el año pasado. Fue la época que iba y venía a Capital; era una paliza. Por suerte mis viejos siempre me apoyaron”, cuenta. La tonada cordobesa está intacta. Toma fernet, como Xavier juega al básquet, aunque jura que no sabe bailar y que el cuarteto solo lo escucha si está en una fiesta. “En esa circunstancia no puede faltar”, aclara. La música popular no le disgusta: escucha “Calamaro, algunas cosas de Charly García y Silvio Rodríguez”, además de la más variada música clásica. En España, fue elegido dos veces como el mejor alumno de la cátedra, y homenajeado en persona por la Reina Sofía, “una persona muy agradable, sencilla, y para nada solemne”, según la describe. Xavier y él son los únicos argentinos en conseguir dos veces ese privilegio.

Cuando tenía 19 años, Amalia viajó sola a Basilea para tomar clases con Felix Renggli, un maestro que le interesaba especialmente
Cuando tenía 19 años, Amalia viajó sola a Basilea para tomar clases con Felix Renggli, un maestro que le interesaba especialmente. Foto: LA NACION / Martín Lucesole

¿Tuviste que dejar el colegio?

Bueno, a los 14 me empezaron a becar en festivales y comencé a viajar más. Agregado con el conservatorio, que en los años finales se pone más difícil, la secundaria me empezó a costar un poco más, y la terminé libre desde los 15. Incluso, la terminé antes, a los 16. Quería sacármela de encima. Y a los 19 me fui a vivir solo a Buenos Aires, hasta 2003, cuando viajé a Barcelona.

¿Qué hiciste?

Estuve un tiempo tocando y tomando clases y en 2005 ingresé en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, en Madrid, hasta 2009. Ahí tomé clases con Galina Eguiazarova, una profesora rusa, que no es de fama mediática, pero en el ambiente es súper respetada.

¿Cómo se da por terminado el ciclo en ese instituto?

Sentí que había cumplido un ciclo. Por empezar, siempre me fue bien y tuve la posibilidad de estar becado, con residencia incluida; si no, hubiese sido imposible para mí, porque la matrícula cuesta como 20 mil euros. Pero estaba ahí para eso y nada más. Estudiaba todo el día y tenía muy buenos instrumentos a mano. Con Galina, por ejemplo, tenía mínimo dos clases por semana. Eran muy buenas, aunque ella es del tipo duro.

¿A qué llamás duro?

Generaba un cierto desgaste con la exigencia. No son clases que vas a escuchar, son clases que tenés que llevar el repertorio muy preparado y se trabaja sobre lo practicado. Esas dos clases eran muy intensas y se genera mucha presión. Era de la vieja escuela rusa. Dentro de todo yo era el que mejor relación tenía, y aun así cada tanto me caía alguna bronca. Una vez salí llorando. Mirá que ya la conocía de hace cuatro años, pero esa vez me sacó a las lágrimas. Además, era un ropero. Es gigante Galina. Levanta la voz y se impone mal. Es hasta física la presión.

José comenzó con teclados, hasta que oyó un chelo y eligió ese instrumento. "Sentí que traicionaba a mi profesora de piano"
José comenzó con teclados, hasta que oyó un chelo y eligió ese instrumento. “Sentí que traicionaba a mi profesora de piano”. Foto: LA NACION / Martín Lucesole

Me recuerda a Whiplash, la película que cuenta sobre la presión que puede ejercer un profesor de música.

Entre los grupitos de alumnos fue lo primero que comentamos por WhatsApp. Después de la película se empezó a hablar tanto del tema que se generó mucha controversia por el estilo de la vieja escuela. ¿Hasta qué punto puede llegar la exigencia? Pero claro, los tipos te dicen que con ese método sacaron tocando a Radu Lupu. Lo que sí estaba claro es que no había nada personal. Al menos, con Galina. Afuera del aula era un encanto.

¿No te quisiste quedar?

Me ofrecieron audicionar para trabajar como pianista acompañante. Hice pruebas y quedé, pero al final, no sé si tuvo que ver que justo explotó la crisis en España, me costó un montón sacar el visado. Así que volví a Buenos Aires, mientras pensaba para dónde rumbear en el exterior. Entonces apareció el concurso para la Sinfónica Nacional y apliqué. Hice la prueba y quedé en el 2011. Ahora vivo en Almagro con mi mujer y mi hija.

Kilómetros de flautista

Sus primeros maestros fueron Patricia Da Dalt y Fernando Quiroga, en su patria chica, la Ciudad de Buenos Aires. A pesar de la exigencia del conservatorio, Amalia se las arreglaba para estudiar música y estar al día con el colegio. “No sé cómo, pero me las rebuscaba”. En esa adolescencia rodeada de libros, además de convertirse en una profesional de la música, la flautista aumentó tanto su capacidad de estudio que a los 28 años ya cuenta con el título de Bachelor of Arts in Music (cátedras de flauta de Kiyoshi Kasai y Felix Renggli), el Master of Arts in Music Performance, y la maestría de solista Master in Solo Performance, ambas en la cátedra de su mentor, Renggli.

¿Hace cuánto te fuiste?

Casi diez años, tenía 19. Viajé a Basilea para hacer los exámenes de admisión en la universidad donde daba clases Felix. Lo conocía porque siempre venía a la Argentina a tocar y a dar cursos. Me gustaba mucho su manera de dar clases.

¿Te costó entrar?

No fue nada fácil. Me encontré con otra realidad a nivel técnico. Acá a veces falta una formación más técnica en lo musical. Además, había gente de todos lados que viajaba especialmente para esa prueba. Por suerte quedé. Hice un estudio de bachellor y dos maestrías con Felix, entre 2009 y febrero de este año.

¿Te fuiste sola?

El primer año viví sola y fue bastante duro. Hablan alemán, o suizo alemán, que es un dialecto, y yo no sabía ni inglés, sólo algo de francés. Fue un poco conflictivo. Pero fui aprendiendo pacientemente con un diccionario. Después, como se cursan muchas materias teóricas en el bachellor (los primeros tres años), me encontré rodeada de gente de todos lados del mundo. Es muy cosmopolita Basilea. En ese sentido estábamos todos en la misma sintonía. Fue una experiencia muy enriquecedora.

Marcelo tuvo en Madrid una dura docente rusa, Galina Eguiazarova. "¿Hasta qué punto puede llegar la exigencia?", se preguntaba entonces
Marcelo tuvo en Madrid una dura docente rusa, Galina Eguiazarova. “¿Hasta qué punto puede llegar la exigencia?”, se preguntaba entonces. Foto: LA NACION / Martín Lucesole

¿Por qué volviste?

Cuando estaba terminando los estudios, en febrero de este año, me tuve que volver antes de lo previsto a Buenos Aires, por el concurso de la Sinfónica Nacional. Quedé contratada como solista de flauta interina. Así que recién hace unas semanas pude dar mi examen-recital final de la maestría.

¿Te costó volver?

La verdad que no. También doy clases y trato de abarcar un poco todos los aspectos musicales, para no quedarme en un solo lugar. Estoy contenta, en la Argentina soy muy feliz.

Del básquet al violín

Xavier es el más joven de la Orquesta Sinfónica Nacional, aunque para él, en sus palabras, esa cualidad “no significa nada. Por ahí -agrega-, lo que sí me significa es el hecho de ser concertino”. Nada de lo que dice lo altera: su temple es alto como él. Mide 1,92 y es nacido en Bahía Blanca, dos circunstancias que lo obligaron a jugar al básquet tanto como a ser músico en su casa. “Me gusta el deporte en equipo y el club quedaba a dos cuadras de casa”, explica. Los callos del violinista se le notan en el cuello y en la mano derecha. Aparecieron por primera vez a los nueve, cuando empezó a tomar clases con Sergio Lazarev, a los doce, cuando debutó en el Teatro Colón, y a los catorce, cuando viajó a Viena para iniciar sus estudios internacionales. Y también en 2010, cuando se transformó en el primer latinoamericano en ganar el concurso Luís Sigall, en Santiago de Chile. Son sus marcas; las prefiere a los tatuajes.

¿El colegio te pesaba?

Empecé a rendir libre a los once, pero a los catorce dejé. Lo retomé a los 18 y me recibí creo que a los 20, por un Sistema de Educación a Distancia del Ejército Argentino (SEADEA). No me pesaba, aunque me costó desoxidarme. Como tocaba mucho no tenía tiempo de sentir culpa. Igual me gustaba aprender: si podía leer y saber algo nuevo, lo hacía. Mamá, por otra parte, me ayudaba mucho. Ella es bioquímica, y un poco me tranquilizaba que una persona con estudios universitarios me dijera que estaba bien el camino que estaba tomando. De todos modos, me parece fundamental terminar el secundario. El conocimiento enriquece nuestro costado musical, no se puede ser sólo un instrumentista; en la escuela se aprenden cosas valiosas.

¿Por qué tuviste que dejar a los 14 años?

Me fui a estudiar violín a Viena, de 2005 a 2006. Vivíamos en el distrito XVII, con mis papás; nos fuimos todos juntos. Fue un año bueno instrumentalmente y podría haber continuado, pero decidimos volver, porque no terminé de adaptarme muy bien a la cultura.

¿Aprendiste alemán?

No lo sé. Me acuerdo de du musst jeden tag üben (tenés que estudiar todos los días), de noch einmal (otra vez), y hasta que por fin decía weiter para que siguiera adelante. No sé bien qué idioma aprendí; iba siempre a una placita que estaba llena de turcos, así que hablaba una mezcla de turco-alemán. Cuando volví, tomé clases con Rafael Gíntoli, a quien le tengo un gran cariño. Gracias a él se dio el contacto con Shlomo Mintz (59), que es uno de los más grandes violinistas del mundo. Hace poco tocamos juntos, en el Festival Konex. Después, me fui para Madrid, a la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Estuve del 2011 al 2015. Con Marcelo (Balat) no nos cruzamos por poco. A Buenos Aires volví hace un año y pico, para sumarme a la Sinfónica.

Enamorarse del sonido

Después de obsesionarse con la Tocata y fuga, José volvió locos a sus padres para que le compraran un órgano, que llegó tres meses después: un Casio que tocó por primera vez sin saber que no sabía tocar. Le dolió, pero empezó a estudiar. “Primero con papá, que había estudiado un año de piano, y con un amigo de él, que me enseñó a leer música y me dio unos libros”, cuenta. Lo primero que supo tocar fue el preludio de El clave bien temperado, de Bach, y fue la gota que rebalsó el vaso. A los diez, ingresó en el conservatorio de Tandil.

¿Cuándo conociste el chelo?

Empecé con el piano, porque no había cátedra de órgano. Lo conocí porque mi profesora hacía dúos con el profesor de chelo, y me acuerdo que ensayaban todos los lunes a las tres de la tarde. Lo escuché sonar y me enamoré tanto del sonido que no falté a ninguno de sus ensayos. Un día el profesor se dio cuenta y se ofreció a enseñarme.

¿Qué sentiste?

Sentí que traicionaba a mi profesora de piano. Pero el sonido me parecía tan lindo que acepté. Al año siguiente me pasé a chelo y estudié cinco años. Después seguí con el mismo profesor, Daniel Sergio, que venía de Mar del Plata. Hasta que pude tener una clase con Eduardo Vasallo, que era solista de una orquesta de Birmingham. La semana pasada tocamos juntos, acá en la Ballena Azul.

¿Cómo se gestó esa relación?

Él venía seguido a Buenos Aires. Me dio una clase particular cuando tenía 13, y me recomendó ir a estudiar a Buenos Aires. Eso hice. Estuve tres años hasta que me dieron una beca para ir a estudiar a Suiza, muy cerca de Ginebra. Estuve un mes, después me pasé a la suizo-alemana y no entendía nada.

¿Te quedaste en Suiza?

No. Al poco tiempo hice contacto con Francia y me fui al conservatorio de París. Estuve un mes preparándome y di el curso de ingreso. Vivía en las afueras, en el barrio de Rueil-Malmaison, una zona residencial muy linda, donde viven los altos empresarios que tienen sus oficinas en La Defensa. Alquilé una habitación para estudiante. Cuando cambié de instituto, en el centro de París, seguí viviendo en las afueras un par de años hasta que me mudé a la Cité de la musique. Fue todo de 2001 a 2007.

¿Por qué volviste a la Argentina?

Quería volver. Empecé a tocar, a dar conciertos, y entré a la orquesta Juan de Dios Filiberto, que todavía dirigía Atilio Stampone. Estuve tres años y medio hasta que entré en la Sinfónica Nacional, también como solista de chelo.

“Salir de los prejuicios”

¿Cómo se llega a apreciar la música clásica si no tenemos conocimientos?

José: Yo la primera vez que probé cerveza no me gustó. Es una cuestión que se desarrolla a través de la percepción. Muy rara vez me gustó una obra la primera vez. Tocata y fuga de Bach, o el concierto de Shostakovich. Tiene que ser algo muy rítmico.

Xavier: Otra manera de acercarse a la música es venir a escuchar conciertos en vivo. Las presentaciones de la Sinfónica Nacional son siempre gratis y el repertorio es muy bueno. Es una manera mucho más dinámica de relacionarse con la música que sentarte a escuchar un disco en tu casa.

Marcelo: Bueno, mi esposa es socióloga, y cuando en casa se habla de gustos, siempre se me viene a la cabeza la frase: “el gusto es una construcción cultural”. Por eso para mí tiene que ver con el momento. El otro día, un periodista que había ido al Teatro Colón, me comentaba sobre la falta de público y el típico cliché que no hay gente joven interesada. Sin embargo, en el conciertos de Pierre-Laurent Aimard (pianista francés), por ejemplo, la sala estaba llena y con una gran mayoría de gente joven.

Amalia: Con Penderecki vi a muchos estudiantes yo también. Se ve gente joven. Creo que a veces el miedo de no entender la música te aleja, como nos pasa a nosotros con lo que es contemporáneo. Es sólo una cuestión de prestar atención, de concentrarse en lo que estás escuchando. No hay que entender.

¿Hay muchos otros clichés alrededor de la música académica?

José: Es la imagen que se formó en la posguerra, de la música clásica como algo elitista, sólo para unos pocos. Pero ese prejuicio se empezó a desmoronar a finales del siglo XX, si bien todavía sigue habiendo un residuo.

Xavier: En la práctica tampoco se ve que sea una cuestión de elite. Existe mucha gente que escuchó, le gustó, y se interiorizó. Esa gente termina en los conciertos o comprando las grabaciones. Es decir que por un lado hay un preconcepto, que se desmorona cuando uno conoce la diversidad del público.

 

 

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