Un Messiaen que brilló con ritmo y color (7-6-17)

Orquesta Sinfónica Nacional / Director: Francisco Rettig / Solistas: Marcelo Balat, piano; Thomas Bloch, ondas Martenot / Programa: Sinfonía Turangalîla, de Olivier Messiaen / Sala Sinfónica. CCK / Nuestra opinión: muy bueno

Por Pablo Kohan

Desde hace dos años, cuando la Sinfónica dejó de ser un organismo errante y se estableció en lo que antes era La Ballena Azul y ahora es la Sala Sinfónica, la orquesta ha venido sosteniendo un proceso de asentamiento colectivo muy loable y por todos reconocido. Además, la prosperidad musical que promueve el afincarse en un espacio tan maravilloso como el que otorga la gran sala del CCK, desde las meras bellezas físicas hasta las imprescindibles condiciones acústicas, permite encarar emprendimientos espinosos que, en las condiciones anteriores, hubieran sido una auténtica quimera. De la mano de Francisco Rettig, la Sinfónica, con dos solistas fantásticos, ofreció una versión incuestionable de la Sinfonía Turangalîla, una obra tan monumental como poética, dificultosa en grado extremo y sólo apta para directores avezados y orquestas en estado de buenaventura y confianza.

Escrita por Olivier Messiaen en el trienio 1946-48 y estructurada en diez movimientos, la Sinfonía Turangalîla exige un grado de concentración máximo a todos los involucrados en su hechura. Los músicos saben que deben afrontar una partitura diferente a todas aquellas que conforman su horizonte cotidiano, sobre todo a partir de esas tremendas (también esenciales y milagrosas) progresiones rítmicas, irregulares, asimétricas, no previsibles y de una absoluta libertad métrica. Las partes solistas son endiabladas, sobre todo la del pianista que debe enfrentarse a numerosas cadencias y a pasajes más que espinosos, desde los más percusivos hasta los más líricos, siempre plagados de alteraciones y de exigencias técnicas desmedidas. Y el director debe conocer hasta el más mínimo detalle de una obra compleja en grado sumo, de infinitos colores y densidades cambiantes. Además, esas rítmicas indescifrables le plantean una exactitud micrométrica en su gestualidad, la única alternativa para evitar una dispersión que, en definitiva, no sería sino un desbande colectivo.

En el comienzo, Rettig, amistoso, sereno y con unas palabras absolutamente pertinentes, explicó la significación de la obra, los planteos formales generales y el desafío que la obra implicaba para la orquesta. Y después, con una tarea colosal, llevó a los músicos por caminos seguros. El comienzo, un contundente pasaje de apertura en un unísono general que resuelve en una nube y un posterior estallido, denotó una preparación minuciosa. Esa preparación especial también tuvo su manifestación en una distribución especial de las cuerdas, diferente a la habitual, que implicó la colocación de los chelos en el centro del escenario. El trabajo de Rettig, a lo largo de toda la obra fue admirable por su precisión, por el cuidado del detalle y por la intensidad emocional que logró extraer de una orquesta que estuvo a la altura de las circunstancias. Debe señalarse, también, que esta Sinfónica tuvo algunas diferencias con la imagen habitual que ofrece en la Sala Sinfónica del CCK porque, aún sin timbales, requiere de una docena de percusionistas que deben hacer sonar una inmensa batería de instrumentos de percusión.

Del gigantesco barco que timoneó Rettig emergieron algunos desajustes ocasionales, algún empaste innecesario y algún sonido destemplado desde los bronces. Pero fueron algo así como los accidentes inevitables que jalonaron una travesía riesgosa y digna de ser vivida. Si bien el trabajo de Thomas Bloch desde las ondas Martenot fue elogiable, la tarea de Marcelo Balat fue descomunal. Ciertamente, la Turangalîla es una sinfonía para orquesta con piano solista bien integrado a ella y no un concierto para piano y orquesta. Sus convicciones y su talento afloraron de principio a fin, sobre todo en “Jardín de un sueño de amor”, el muy lírico sexto movimiento, así como en las múltiples, breves y feroces cadencias que Messiaen sembró con generosidad.

La Sinfónica en su conjunto, los solistas y un director más que solvente lograron cautivar a un público inmenso que dejó cualquier prejuicio de lado y, curioso, colmó la sala para asistir a la interpretación de una obra legendaria, bellísima, escrita por un compositor superior. La gran vivencia colectiva se extendió por unos ochenta minutos en los cuales el público acompañó a la orquesta con un silencio casi religioso. En el final, estalló una tremenda ovación que no fue sino una manifestación de agradecimiento y felicidad.

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