El milagro de la música en la casa de Dios (La Nación, 10-9-17)

Por: Víctor Hugo Ghitta

Mariano Chiacchiarini

Abatido en el final de su vida, enfermo y casi ciego, ensombrecido por la melancolía, Antonio Salieri recuerda con amargura su rivalidad con Mozart en los salones y las cortes europeas del siglo XVIII. Pero no son esencialmente las imágenes de ese pasado las que lo obsesionan: es un sonido, la voz de Dios. Es música que yo jamás he oído, dice sobre la obra de su adversario, y se interroga: ¿Por qué razón Dios ha elegido a una criatura tan obscena como instrumento suyo? Así lo cuenta el gran Milos Forman en su deliciosa fantasía cinematográfica, Amadeus, basada en la pieza teatral de Peter Shaffer. Regreso a esa escena ahora, en medio del encantamiento y la ligera conmoción que produce escuchar música en una iglesia. No es Mozart lo que se oye sino Mendelssohn con su Sueños de una noche de verano, en una versión instrumental a cargo de la Sinfónica Nacional; es decir, sin los lieder ni los melodramas de la partitura que el compositor escribió, como era su costumbre, para la versión teatral de la pieza de Shakespeare, a pedido de Federico Guillermo IV de Prusia.

El azar me ha puesto en la primera fila del auditorio. No es el lugar ideal para apreciar el sonido, pero la proximidad física con la orquesta le confiere a esa cercanía un interés singular. Estamos acostumbrados a escuchar a una orquesta a cierta distancia, una distancia en cierto modo poética. Sólo los planos cercanos del cine nos aproximan a los músicos, pero en el cine siempre media el hechizo de la luz y nada termina de ser del todo cierto. Lo primero que llama mi atención es que los músicos se parecen a las personas. Miro sus rostros, el modo en que mueven sus manos (estoy frente a la sección de las cuerdas, casi dentro de ella: el arco de una de las violinistas casi roza mi calzado cuando ella deja caer su brazo en posición de descanso), las miradas fugaces de complicidad entre los músicos, y no dejo de pensar en que esos seres que extraen de sus instrumentos sonidos celestiales, un efecto acentuado por la bóveda que nos cobija y una atmósfera de religiosidad que emociona aun a los espíritus agnósticos, esta misma noche deberán afrontar las pequeñeces de una vida corriente como la nuestra.

El concierto tiene como escenario la Parroquia San José de San Isidro, de modo que entre el público hay oyentes poco entrenados no sólo en la audición de música clásica (el programa se completará con las turbulencias románticas de la Sinfonía N° 7 de Dvorak), sino en la rigurosa etiqueta del género, de modo que cuando la agrupación dirigida con mucho brío por Guillermo Becerra concluye cada movimiento sobreviene un aplauso que, en vano, intenta ser sofocado por el chistido de los connoisseurs.

En un costado de la nave, veo a los miembros de una familia que, se me antoja, están escuchando música clásica por primera vez. Quizás hayan podido ver a una orquesta fugazmente en los vaivenes de la televisión, al cabo de extenuantes días de trabajo, pero raramente escucharla ni verla en directo, con la majestuosidad que adquiere el organismo cuando ataca, por ejemplo, la tan oportuna Marcha nupcial que cierra la pieza de Mendelssohn. La madre está sentada con la espalda ligeramente encorvada y los brazos caídos, tal vez como consecuencia de las fatigas del día, y de tanto en tanto bosteza; la cabeza de uno de sus hijos, a todas luces adormilado, reposa en su falda, pero la niña de no más de 6 o 7 años que está a su lado observa ese mundo nuevo (y lo escucha) con ojos de asombro y felicidad, como aquellas personas que al cabo de mucho tiempo se deslumbran y conmueven cuando conocen la nieve, el hielo o el mar. Tan sólo ese milagro debiera hacernos olvidar cualquier aplauso prematuro.

Hay algo prodigioso e inesperado en el encuentro. O quizá tan sólo sea que, algo distraído de la música esta vez, próximo físicamente a la orquesta como nunca antes, me he dejado cautivar por los rostros de las personas y procurado descubrir a qué vidas deberán regresar tan sólo dentro de un momento, cuando el milagro de la música haya concluido, aunque todos -oyentes e intérpretes agradecidos- vayamos a llevarnos su mensaje sanador en nuestros corazones y una fe renovada en el destino de los hombres. Porque, aunque esta vez Mozart no haya estado entre nosotros, todos hemos escuchado la voz de Dios.

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