Martha Argerich: Destellos de genialidad (Clarín 19-7-15)

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La pianista se presentó el viernes con un repertorio tanguero en el CCK. Dio muestras de su enorme talento.

Después de tantos dimes y diretes, Martha Argerich se presentó en la Ballena Azul. Visiblemente de buen humor, y con una sonrisa amable se dirigió hacia el piano con sus característicos pasitos cortos y sigilosos de geisha.

El nivel de expectativa descomunal que despierta su presencia es completamente justificado. Argerich es una leyenda viva del piano y una de las figuras más brillantes de la escena musical actual. Sin embargo, el repertorio programado estuvo muy por debajo de su cualidades interpretativas descomunales.

Vestida con un sugerente enterito blanco y negro fue recibida con una gran ovación que se acalló apenas se oyeron los primeros acordes del Quinteto de Schuman op. 44, que en manos de Argerich, resultan con un magnetismo irresistible. Completaron el quinteto Luis Roggero (violín), Roberto Calomarde (violín), Gustavo Massun (viola) y Jorge Pérez Tudesco (cello).

Esta apertura mejoró notablemente la oferta programada originalmente: la apertura a cargo de Eduardo Hubert y Luis Bacalov, interpretando sus respectivas obras Fauretango y Astoreando, y luego Tres minutos con la realidad, de Piazzolla, con Argerich.

Como sea, la atmósfera creada con el Quinteto de Schumann fue apenas una promesa que se desvaneció rápidamente. Después del primer movimiento, Argerich cedió su lugar a Luis Bacalov para que interpretara sus propias versiones de El día que me quieras y El Choclo. A sus 82 años, Bacalov es un pianista con una técnica formidable, que enfrenta sus propios arreglos virtuosos con elegancia. Lo mismo puede decirse del pianista y compositor argentino Eduardo Hubert, técnicamente irreprochable. Ambos se complementaron bien en Astoreando, aunque la composición es un catálogo de clisés piazzolleanos.

El catálogo siguió con nueva formación en Fauretango para piano y trío de cuerdas, obra del mismo Hubert que sonó como un epígono desvitalizado de Piazzolla. Hay que decir que los intérpretes no colaboraron demasiado, especialmente por los problemas de afinación del violista Gustavo Massun y el escaso sonido del violonchelista Jorge Pérez Tedesco.

Los arreglos de Hubert tampoco convencen del todo. Argerich hechizó con su sonido exquisito en las primeras notas de Oblivion, pero el intrascendente clima posterior esfumó la magia.

Finalmente, la fuerza de Tres minutos con la realidad logró imponerse, a pesar de la ineficiencia de los arreglos, y funcionó como un buen contraste y cierre de la primera parte del concierto. El contrabajista Oscar Carnero aportó consistencia a las cuerdas que sonaron más convincentes junto con la chispeante Argerich.

El estreno americano de Porteña, para dos pianos y orquesta, de Bacalov, se reservó como el plato fuerte para la segunda parte del concierto. Precedida por Il Postino -éxito cinematográfico que catapultó a Bacalov hacia el reconocimiento internacional- contó con la esmerada ejecución del bandoneonista Ramiro Boero.

Compuesto para Argerich por encargo de la Orquesta Sinfónica Nacional, Porteña es un conjunto de piezas contrastantes -entre una corriente rítmica piazzolleana y otra más lírico melancólica-, cuya oportuna orquestación permitió el lucimiento de la orquesta en todas sus filas.

Porteña es condescendiente, agrada pero no entusiasma, ni siquiera con la formidable actuación de la Orquesta Sinfónica bajo la dirección del mismo Bacalov y con el impulso rítmico irresistible de Argerich, flanqueada por Hubert en el otro piano.

El concierto se desarrolló bajo un clima distendido e informal, y el buen humor de Argerich no se disipó ni aun frente al distraído page turner que obligó a la pianista a apoyar la cabeza sobre la partitura para que no diera vuelta las páginas a destiempo.

Quienes tuvieron la suerte de escuchar a Argerich en vivo por primera vez, sentirán que la experiencia fue inolvidable, aunque la leyenda del piano apenas haya exhibido un débil destello.

Una larga ovación la despidió, luego de tocar como bis uno de los números de Porteña.