Lirica politica, «Estaba la madre» crítica revista Veintitrés, 14/10/2015

Por Gabriela Granata

BACALOV

Sucede a veces que la ópera trasciende los prejuicios y vuelve a sus fuentes como espectáculo popular. Pero sucede mucho menos que además aborde un tema tan reciente como doloroso y tiña el arte de compromiso político y social. De las mil formas que puede haber para contar el horror de la dictadura, las torturas, el miedo y la violencia, Luis Bacalov eligió el punto de vista de las madres. No las Madres, sino primero las madres, con minúscula, historias íntimas, personales, chiquitas, de tres mujeres cuyos hijos fueron secuestrados, torturados, asesinados. Sara, que incita a su “Josele” a presentarse ante las autoridades porque “no tiene nada que ver, nada que ocultar” y no puede luego más de la tristeza y la culpa; Juana “la sola” a quien nadie escucha cuando está en el campo y se llevan a su hijo. Y Ángela, que busca explicaciones para encontrar a Juan, un cura villero, de una villa cualquiera. Las historias se suceden hasta que se reúnen en el final, ya sí como “las locas de Plaza de Mayo”.

La puesta en La Ballena Azul del Centro Cultural Kirchner el viernes 9 aprovechó además un escenario en tres niveles: el principal y los dos balcones de plateas desde donde hicieron apariciones impactantes los jefes militares desde la última bandeja y en la segunda, el Coro Polifónico Nacional llenando los espacios de tristeza, desolación, indignación, marcando la “larga pesadilla” de la dictadura.

Si la belleza de la composición de Bacalov necesitaba algo más que ese escenario, la voz de las madres (la soprano Paula Almerares y las mezzosoprano Cecilia Díaz y Alejandra Malvino), la Orquesta Sinfónica Nacional con fuerte presencia de la percusión y el omnipresente bandoneón de Pablo Mainetti, sumó también el despliegue de la Compañía Nacional de Danza Contemporánea.

Sigilosas sombras negras. Los reflectores cortan la oscuridad y pasan de ser seguidores de escena a luces de persecución, intimidación y miedo sobre el público. Los actores dejan el escenario y se mezclan con el auditorio señalando, denunciando. Los jefes de las tres armas de pie en un extremo elevado, dirigen las operaciones. La escena impacta. Ver a los tres jefes militares iluminados en lo alto, omnipotentes. La metáfora es sencilla y no será la única: el silencio de la prensa, la complicidad de la Justicia que no investiga el paradero de los desaparecidos o no toma las denuncias, la policía, los dignatarios de la Iglesia de espaldas al público y a la tortura aunque se trate de uno de los suyos. Todo en un ritmo vertiginoso, profundo y demoledor. Una obra impresionante de una sola función que pide muchos bises.